Te vi salir por aquella puerta de arribo del aeropuerto y ahí estabas, como siempre bien vestida, con un lindo collar en tu cuello moreno, tu cabello negro bien peinado y cuidado, una sortija en cada mano, una chalinita para evitar el siempre traicionero fríecito limeño, con una sonrisa de oreja a oreja y esa carterita bonita cruzada en el pecho, estabas feliz por encontrarte conmigo y yo feliz por verte después de tanto tiempo. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿cuatro?, ¿cinco meses?, casi cinco meses que no te veía y ahí venías, contenta como si nadie más existiera en el mundo sólo tú.
Saliste por esa puerta y yo te esperaba, no sabía muy bien si estaba en el aeropuerto o en algún terminal, pero no me importaba, sólo quería abrazarte y sentir tu perfume, sentir tus manitas delgadas acariciando mi espalda, tus labios besando mi mejilla y escuchando tu voz en mi oído, susurrándome lo mucho que me quieres y cuanto me extrañas… para luego yo decirte también que te extraño demasiado y que me alegra que estés de vuelta, cuando pensé que nunca más te verías.
Ahí estás y de pronto sucede, ocurre lo que esperaba hace mucho tiempo, hace cinco meses desde que te fuiste en aquel caluroso febrero. Me abrazaste, te abracé, muy muy fuerte, aunque con algo de miedo, porque con lo flaquita que estás tenía miedo de hacerte daño. Cuando partiste, estabas flaquita, ya no eras esa mujer llena de vida, robusta, que me protegía entre sus brazos… habías bajado bastante de peso y así te veo ahora… maldita sea la enfermedad de la nostalgia y la pena que hace que uno pierda kilos, pero no importa, así te quiero, y así te recordaba y así quería tenerte entre mis brazos. No quería soltarte, porque no quería que te me fueras, pero te separaste y me dijiste “Vamos a casa que tengo que ir a ver a mi Gael…”
Sonreí e inspirado por ese abrazo tan certero y lleno de amor, fuimos rápidamente a casa… te ví en mi cocina… ¿o era la tuya?… sí, era tu cocina, la misma cocina que no pisaba hace cinco meses desde que decidiste irte, o bueno, cuando algún destino superior te hizo partir. Volteabas para todos lados y buscabas una taza, con el mismo cariño con el que buscabas una para mí para invitarme siempre ese tecito.
“Tengo que prepararle su comidita a Gael”, me decías… y yo sabía lo feliz que iba a ser mi hijo al compartir la comida que tantas veces durante 30 años comí y probé cada vez que iba a visitarte… y de pronto… mi mejilla empezó a sentir frío, una humedad metiche e incómoda se metió para hacerme sentir gélido… era una, tal vez dos lágrimas… yo sabía que en la sala había alguien más pero no te escuchaban… y no te veían…
De inmediato, me aferré al mantel de la mesa… no quería soltarlo, no quería que se acabara este momento, no quería que te fueras otra vez y me dejaras, no quería que la eternidad te alejara de mí nuevamente… y me desperté… agarrado al filo de mi cama y llorando como un niño… el mismo niño que estuvo en tu casa tantas veces, el mismo niño que aparecía delante tuyo a pesar que ya me había casado y tenía un hijo… y lloré sobresaltado y me puse furioso, porque descubrí que era un sueño… que el subconciente te trajo a mi…
Y fue tan real… fue tan verdadero que no parecía que hubieras fallecido, fue tan rico el abrazo, que sentí cada latido tuyo… y lloré otra vez… porque el destino quizo hace cinco meses que me dejaras… que te fueras… y temí no verte nunca más… pero de pronto sonreí un poquito, porque apareciste en mis sueños y porque espero que vuelvas… otra vez y otra vez… así como mis otros abuelitos aparecen de cuando en rato para hacerme sentir que no me han dejado… te extraño abuelita, te extraño “Miminia”, y sólo escribiendo siento que descargo algo esa nostalgia… te extraño y cada vez que Gael, tu bisnieto, al que conociste con tanto cariño y tanta ilusión hace algo nuevo, pienso inmediatamente en como celebrarías al verlo… te extraño… te extrañamos, vuelve pronto ¿sí? dame esa felicidad.