El 25 de noviembre del año pasado, Lima amaneció cubierta de globos blancos, hombres y mujeres con polos del mismo color marchando por la ciudad, para el común de los mortales limeños se recordaba un nuevo año del Día de la No Violencia contra la Mujer y entre pancartas y preparativos para marchas seguían ese día siempre especial. Pero para mí, el día pintaba totalmente distinto…
En realidad para nosotros, para toda la familia, porque los teléfonos empezaban a sonar y el mensaje era siempre el mismo “ya estamos, empezó el trabajo de parto”. A las 9 y algo más de la mañana, Ana María estaba ingresando a la clínica que habíamos escogido para el momento más importante de nuestra relación… la llegada al mundo de Gael Gonzalo.
Cuando mi papá fue a la clínica me dijo algo que de seguro marcará la anécdota de su nacimiento “este muchacho llega con la ciudad activa, llena de globos y con marchas”. “Fiel al estilo familiar” (pensé yo… considerando que desde sus bisabuelos hasta sus padres hemos estado siempre metidos en el activismo).
Ha pasado un año y aún puedo recordar, o revivir en el cuerpo, las sensaciones que tuve aquel 25 de noviembre en Jesús María, cuando estábamos en la habitación esperando el momento, mientras podía sentir cada vez que Ana tomaba mi mano, como Gael se movía dentro de ella… siempre supe que él estaba ahí, pero creo que no fue sino hasta ese momento en que tomaba más conciencia de su presencia al interior de su madre… y me ponía a pensar sobre lo alucinante que resulta este asunto de la concepción.


